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08.12.2017
Islandia: congelados pero felices
De viaje en Reikiavik
08.12.2017
Ale Sierra
Por: Ale Sierra
ale@alesierra.com
Islandia: congelados pero felices

 

No importaba que los relojes dijeran 06:00 am y para nosotros fueran las 12:30 am, que sólo hubiéramos dormido cuatro horas en el avión y que el termómetro estuviera en números abajo del 0… estábamos en Reikiavik y era lo que nos tenía felices.

 

 

Reikiavik

 

Después de meses de planeación, ya estábamos en Islandia. Congelados pero felices. Decidimos ir en noviembre para tener más chance de ver Auroras Boreales, sabíamos que iba a estar frío, pero que valdría la pena. Y lo confirmo, seguramente debe estar hermoso en otras estaciones, pero esos paisajes cubiertos de nieve y hielo es de lo más impresionante, imponente e increíble que he visto en mi vida.  

Llegamos a Reikiavik. Una ciudad hermosa… llena de casitas de colores, tienditas, bares, cafés y restaurantes. Nos tocó que el sol saliera a las 10 de la mañana y se metiera a las cuatro, cuatro y media de la tarde, así que, aunque la mayoría de las cosas abren tarde y cierran temprano, los islandeses aprovechan muy bien el tiempo, lo que resulta en una ciudad súper viva, cosmopolita y movida. Recorrimos todos los cafés y nos metimos a todas las tienditas que pudimos, fuimos a su iglesia más importante, Hallgrimskirkja (que tiene un mirador padrísimo hasta arriba de su torre), a su calle principal, Laugavegur, y a Grillmarkandurin, un restaurante en donde cenamos delicioso.

 

Hallgrimskirkja

 

Al día siguiente, después de recoger el coche rentado, nos fuimos hacia el Golden Circle, una ruta espectacular de más o menos 300 kilómetros de recorrido, en la que pasas por Þingvellir, Geysir y Gullfoss. De las carreteras más padres que he visto en mi vida… todo lo que ven tus ojos es nieve y hielo… primero un buen rato de ver todo plano, lo que te hace sentir que estás en un mundo de Star Wars, y luego poco a poco empiezas a ver montañas, valles, subidas y bajadas… todo blanco.

La primer parada, Þingvellir, es un parque nacional muy importante para el país. Ahí se instituyó uno de los primeros parlamentos del mundo (en el año 930), se proclamó la independencia de Islandia y es donde está la falla que separa las placas tectónicas de América y Europa. Aparte de todo esto, está hermoso. Es un valle donde, entre más caminas más te encuentras con vistas impresionantes… nieve, formaciones rocosas, cascadas y ríos.

 

 

Nuestra siguiente parada fue Geysir, no sin antes encontrarnos con miles y miles de caballos islandeses que se volvieron parte de nuestras paradas obligadas y de los que me declaro fan máxima. Geysir es, como lo dice su nombre, donde está el géiser más antiguamente conocido y uno de los ejemplos más impresionantes de este fenómeno en todo el mundo. Geysir, el géiser principal, no está tan activo como llegó a estarlo, pero la atracción principal es Stokkur, uno que cada cinco minutos más o menos, avienta agua y vapor a 20 metros de altura aproximadamente. La temperatura del agua está entre 80°C y 100°C, por lo que –por el frío- poco me faltó para querer aventarme a uno y volver a sentir manos y pies.

 

Geysir

 

 

La tercer y última parada de Golden Circle fue Gullfoss. Creo que esta fue mi favorita de todo el viaje. Es una cascada, dividida en tres partes, con caídas de 11, 21 y 32 metros; lo que, unido al caudal del río Hvitá, provoca que el agua caiga a una grieta de más de 70 metros con una fuerza brutal y se oiga como pocas cosas en esta vida. Estábamos a -15°C y cerca de que se fuera el sol, entonces nos tocó ver gran parte de la cascada completamente congelada –se veía correr el agua debajo de la capa de hielo- y el cielo con unos colores impactantes… blancos, rosas y azules. El estruendo de la caída, los colores y lo imponente del escenario blanco y congelado hicieron que me traumara de por vida y que se convirtiera en uno de los lugares que más me han gustado, y más me gustarán, en este mundo.

 

Gullfoss

 

Nos regresamos, impactados de lo increíble de la naturaleza y completamente congelados a Reikiavik en donde teníamos un tour en barco de 9:00 pm a 11:00 pm para ver las Auroras Boreales. No salieron. Por lo que el punto cúspide de la noche fue comernos uno de los famosos hot-dogs en Bæjarins Beztu Pylsur, el puesto más famoso de la ciudad. No sé porque son tan famosos sus hot-dogs, pero los Islandeses los aman. Siempre te encontrarás con fila en este puesto, y aunque parece un tourist trap total, creo que no es porque te encuentras a todos los locales ahí felices con sus hot-dogs.

Al día siguiente, volvimos a agarrar carretera en dirección al sureste del país. Nuestra primera parada fue Seljandafoss, una cascada de 60 metros de alto increíble, más angosta que las demás, pero igual de espectacular.

 

Seljandafoss

 

La segunda del día fue Skógafoss, otra cascada. 25 metros de ancho, 60 de alto y un arcoíris hermoso. Puedes subir hasta la parte más alta de la montaña que está a un lado y ver desde arriba como cae el agua. Para serles honesta, mi esposo sí subió pero yo me quedé a la mitad. Por aquello del congelamiento de país en el que estábamos, traía puesta mi maleta completa –no es broma- y doblar piernas y brazos me era imposible. Si subirme y bajarme del coche era un hazaña heroica, no les quiero contar lo que subir miles de escalones iba a ser. Se me dificultó a la mitad de la montaña y mejor, con la habilidad de movimiento de Frostie the Snowman, me bajé a seguirla viendo desde otro ángulo.

 

Skógafoss

 

De ahí, fuimos al faro de Dyrholaey. Subes en una carreterita mini, cubierta de nieve y hielo, con las mismas curvas de la libre de Tapalpa… y una vez que llegas hasta arriba, tienes de las vistas más impresionantes e imponentes que me ha tocado ver en la vida, acompañadas de un viento que más que sólo aire, parecía tornado. Hacia la izquierda, la península de Dyrholaey, una formación rocosa que, dentro del mar, forma un arco padrísimo, seguramente si ves Game of Thrones, ya lo has visto… si no, aquí abajo les paso de mis fotos de todo esto que les platico. Hacia la derecha, el atardecer seguido de un escenario de otro mundo… el mar, una franja de arena negra y después, nieve. Hacia atrás, montañas y montañas nevadas blancas cubiertas con un ligero tono rosa generado por el atardecer. Traumados de lo hermoso de este paisaje, sólo nos fuimos (después de verlo detenidamente y tomar millones de fotos) porque si no, se nos iban a caer las orejas y las manos del frío. Guantes y orejeras no tienen ningún tipo de poder contra el clima islandés.   

 

Dyrholaey

 

De ahí, nos fuimos a Reynisfjara, la playa negra, otro de los escenarios de Game of Thrones. Aparte de su característica arena negra, que en invierno está mezclada con un poco de nieve, están las columnas de basalto. A los pies de la montaña, una pared de basalto en columnas y unas cuevas hogar de miles de leyendas de trolls y monstruos islandeses. Impresionante.

 

 

 

 

La última parada del día fue el Ion Adventure Hotel… un hotel increíble en medio de la nada. La estructura volada sobre la nieve parece de una película de James Bond. Y justo está ahí en medio de la nada para poder ver las Auroras, mismas que otra vez, decidieron no salir.

 

 

El cuarto y último día de nuestro viaje en Islandia empezó en el Ion Adventure Hotel. Después de explorar el hotel y sus alrededores, nos fuimos directos a Reikiavik a dejar algunas de las cosas y dirigirnos a la Laguna Azul. La famosa y ultra fotografiada laguna, donde las aguas ricas en minerales son parte de una formación de lava, tiene una temperatura de 40°C más o menos, haciéndola, junto con los géisers, lo único calientito de Islandia en invierno. Por su popularidad, ya se volvió todo un complejo turístico con pulseras electrónicas para salir y entrar, restaurante, bar y tienda con souvenirs millonarios. 

 

 

Regresamos a Reikiavik a empacar todo, ya que nuestro vuelo a la siguiente parada del viaje salía a las 06:00 de la mañana del día siguiente y por los tráficos del aeropuerto y reglamentos de migración tuvimos que programar nuestro taxi a las 3:15 de la mañana del día siguiente. Después de dejar listo todo y cancelar nuestra cita con las almohadas a las 10 de la noche por la desmañanada del día siguiente, le dimos una última oportunidad a las Auroras.

 

 

Sabíamos que probablemente iba a ser de los peores cansancios de nuestra vida, pero que no podíamos irnos sin verlas. El barquito que tomamos el segundo día te garantiza verlas y si no, te da el segundo tour gratis, mismo que tomamos a las 9:00 de la noche. Después de dos horas de estar en una maraca viviente, alias el barco, dieron las 11:00 de la noche y… todo sereno. No había señal de las auroras. El capitán decía que ahí estaban y mi cámara, con grandes esfuerzos técnicos, las captaba pero nuestros ojos no. De repente entre las olas y el frío máximo de esa hora, ¡¡salieron!! Por fin. No hay manera de describirlas. Se siente increíble. Aparecen como un rayo láser verde fosforescente entre las nubes y las estrellas, y de repente, empiezan a bailar. Literal. Cambian de forma, se mueven, las ves más luminosas, menos, otra vez más… descansas del congelador nocturno y te metes al barco, te calientas poquito y vuelves a salir… y ellas siguen bailando, moviéndose, iluminando la ultra negra noche con su brillo. Si no hubiera sido por el frío, me hubiera desmayado de la emoción, pero imaginar caerme a la cubierta congelada del barco, no estuvo dentro de mis planes. Las vimos cerca de una hora y cuando acabó el recorrido, sin poder dejar de sonreír, nos regresamos al hotel.

 

 

Dormimos, si a eso le podemos decir dormir, una siesta de tres horas. Recorrimos una hora de camino hacia el aeropuerto en una de las pláticas más interesantes que he tenido en mi vida con nuestra taxista islandesa y llegamos al aeropuerto. Check in y documentación corren por tu cuenta, migración y seguridad casi también. Súper moderno y ordenado, lleno de restaurantes y tiendas, el aeropuerto fue desde donde nos despedimos de este país increíble. Sin duda, uno de mis favoritos, al que me encantaría volver, volver y volver.